INVOCATIO: Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor
LECTIO Esd 6, 7-8. 12. 14-20. Al retorno del exilio, los judíos concluyen la construcción del templo y celebran la pascua. Sal 121, 1-2. 3-5. Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor; ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Lc 8, 19-21. La madre y los hermanos de Jesús son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.
MEDITATIO: Para los judíos la excepcionalidad del templo deriva de la concepción unánime de la morada física de Yahvé, el Dios de Israel. En efecto al leer la Sagrada Escritura, es el mismo Dios, en forma de columna de nube que acompaña a su pueblo en la travesía del desierto, el mismísimo que habita con ellos en la tienda de encuentro. El convencimiento es tan profundo y radical que en la plenitud de los tiempos, Juan presenta la encarnación del Verbo como un “poner su tienda entre nosotros”. El judío siempre ha vivido la religión en torno al templo como habitáculo de Dios. Por esta razón mientras existe algún tipo de edificación, la alegría es incontenida. El salmo 121 canta proféticamente el retorno de la deportación: ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Y cuando ha faltado el templo, la alegría se torna tristeza, añoranza, golpes de pecho y muro de lamentación. Mientras que las sinagogas son muchas, el templo es uno. En el templo habita Yahvé y con Yahvé el pueblo está al seguro. Pero tendrá que venir Jesucristo para hablar de Dios como su Padre y del Espíritu que une por el amor al Padre y al Hijo. A lo largo y ancho del Evangelio se enfatiza la unicidad de Dios y la distinción de tres personas. En su infancia, Jesús hace constar a José y María que Dios es su Padre y él tiene que ocuparse de las cosas de su padre. La voluntad de su Padre es motivación para Jesús al punto de no comer y es también el camino rector de su vida; la voluntad del Padre se cumple por encima de toda circunstancia y vicisitud humana. Cuando María y los de su casa van a buscar a Jesús y no pueden entrar por el gentío, le mandan decir que afuera “están su madre y sus hermanos”. ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos, -pregunta-, “los que escuchan la palabra y la ponen por obra”. Esta frase no niega para nada los lazos de familia, sino que los afirma doblemente: por sangre y por cumplir el designio de Dios. Jesús está rodeado de hermanos, son los que escuchan, son los que practican, son su templo.
ORATIO: Señor Jesús, lo has dicho muy claro, allí donde está quien escuche tu voz, allí hay un templo sagrado. Y ahí donde tu voz sea puesta por obra, ahí está tu hermano. Quiero, Jesús, ser contado entre tus hermanos, dame pues, te lo ruego, la fortaleza de seguir el mandamiento de tu amor.
CONTEMPLATIO: Mi madre y mis hermanos

ACTIO: Incrementar en mi vida el sentido de familia, 4º mandamiento del decálogo. Amar a los padres y hermanos de modo que se supriman todas las diferencias y se unan en el amor y el servicio mutuo. Introducir el nuevo concepto cristiano de familia y hermandad. Los que escuchan y practican el Evangelio. Mis padres y mis hermanos han de ser doblemente padres y hermanos por el aire de familia y por el apellido que confiere la fe y el amor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario