INVOCATIO: Dichosos los que buscan al Señor con todo
el corazón
LECTIO: Ecle 15,15-20. Dios, sede de la sabiduría, concedió al hombre libertad para cumplir su ley.
Sal 118,1-5.17-18.33-34. Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor. 1Cor
2,6-10. Dios ha concedido la
Sabiduría a los que lo aman. Mt 5,17-37. Jesús no
vino a anular la ley sino a darle pleno cumplimiento en el amor.
MEDITATIO: A vuelo de pájaro, cualquiera entendería que la columna
vertebral de la religión judía es el cumplimiento de la ley que Dios escribió y
entregó a Moisés en el monte Sinaí. La observancia de la ley es obligatoria y
es santa pero supone la libertad del hombre. Inclinar la balanza totalmente
hacia la ley conducirá al legalismo implacable que Moisés sostuvo y que Jesús
supera con la ley del amor. Inclinarse hacia el otro extremo conducirá a un
liberalismo que anula la ley y es propio de las sociedades más desarrolladas.
En efecto el hombre del siglo XXI en el planeta Tierra es dado a la observancia
de la ley positiva, la puesta por los legisladores para el bien común, pero
tiende a anular la ley natural, la escrita en los ciclos de la naturaleza y de
la carne. El equilibrio entre la ley y la libertad lo da el amor. Jesús es el
nuevo Moisés, el legislador de la bondad, el amor y la caridad. Jesús, en el
sermón de la montaña en los capítulos 5
y 6 de Mateo no anula la ley de Moisés, la supera y la simplifica en la ley del
amor. Precede un exordio que presenta las bienaventuranzas como cumplimiento de
la Ley. Jesús se centra en la felicidad bíblica como la justa relación con Dios
y con los hombres. Después desarrolla el tema de la justicia. En todo tiempo y
lugar es grato a Dios quien practica la justicia y la paz. Dios constituyó a un
pueblo elegido porque el hombre no se salva en solitario y menos al margen de
la justicia divina y humana. Sin embargo el pueblo se apartó de la ley y de la
justicia y Dios en su infinita sabiduría decidió tomar cuerpo humano para revelar
la misericordia. Misericordia de Dios que no anula ni una coma de la ley, pero
ha venido al mundo para perdonar. Misericordia del hombre que deja incluso la
ofrenda sobre el altar para reconciliarse con el hermano y resulta incapaz de
faltar al respeto al prójimo, con el solo pensamiento. La misericordia,
entonces, en la mente del nuevo legislador, es la plenitud de toda ley. Así las
tablas de la ley mosaica en la antigua alianza son preparación y figura de la
alianza perfecta y nueva que habría de traer el nuevo legislador, Cristo. Y la
legislación antigua es imagen de la revelación completa que habría de revelar
el Verbo de Dios hecho carne. Para un cristiano, entonces, no bastan las leyes
convencionales que los legisladores clavan sobre la tierra a vista de todos. Ni
basta la ley de piedra que Moisés entregó al pueblo elegido. Cristo es la ley,
en Él se cifran todos los criterios, los impulsos, las iniciativas, los modelos
e ideales de acción de un cristiano. Y Jesús ha querido que la plenitud de esa ley
sea la misericordia, el perdón, la reconciliación, el respeto sagrado del otro
en pensamiento, palabra y obra.
ORATIO: Dios mío, tú quisiste
revelarme la plenitud de la ley en tu Hijo, Jesucristo, Mesías misericordioso.
Arráncame el corazón de piedra que me he construido por influencias egoístas de
pensamientos, costumbres y modas. Dame hoy un corazón lleno de misericordia
como el tuyo para que pueda cumplir la ley cristiana que es capaz de perdonar,
amar y dar la vida por cualquier persona.
CONTEMPLATIO: Perdonar, amar y dar la vida por cualquiera
ACTIO: Ejercicios. 1. Perdonar. No se puede vivir
ni un solo día de la vida sin perdonar, sin reconciliarse con el hermano o el
amigo. Vivir en el resentimiento es tiempo perdido. La encarnación de Dios no
tenía otro propósito que perdonar. 2. Amar. El hombre no puede vivir sin amor.
Amar hasta que duela, sin esperar recompensa. Amar, aún sin ser amado es la
plenitud de toda ley. Dar la vida. La donación de lo recibido de Dios es el
acto más grande y divino que puede el ser humano. Cada día ha de ser expresión
de algo donado. Donar a uno de familia es normal. Donar a un conocido es
generosidad. Donar a un desconocido es propio del cristiano que ha conocido el
amor de Dios.
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